lunes, 12 de noviembre de 2012

AL CARTERO EN SU DIA




El cartero baja la ladera semidesértica en un noviembre demasiado airoso, el viento se cuela entre los huizaches provocando silbidos que en la noche espantan, el cartero aprovecha estos martes cuando regresa del pueblo para pensar mientras acaricia su tesoro: la valija del correo cargada de noticias, declaraciones de amor y algunos venerables dólares...


El cartero medita los acontecimientos de los días mientras sus pensamientos se zarandean al mismo ritmo con que su mula avanza por el terregoso camino, piensa en esas palabras afectuosas que le han prodigado -apenas hace una semana- con motivo del día del cartero, muchos le han dicho “usted es mi amigo”, él, desconfiado como es sabe con certeza que incluso la amistad puede ser efímera, por eso se ha cuidado de no revelar lo que hay en el tuétano de sus huesos, más de una vez se ha arrepentido de haber creído en la lealtad de la gente, por eso prefiere dejarlos que sigan pensando que él es “amigo”, es un viejo casi analfabeto, pero sabio, no ha escuchado el concepto “relativismo moral” pero su mente discierne muy bien en lo fácil que es acomodar el bien y el mal a la moral propia, lo cómodo que resulta encontrar una moral “correcta” y aferrarse a ella para conservar la inocencia.


Saca un cigarrillo del bolsillo de su vieja chaqueta, se acomoda el sombrero, se ajusta el gabán, los cuervos se agitan en las ramas de los pirules, mientras en la lejanía un coyote lanza un aullido que más que amenazante resulta desgarrador, parece que se hiciera eco de la tierra que brama por las desgracias de las que ha sido testigo.


Bocanadas de humo se abren paso en la negra noche, un vapor exhalado que parece alborotar a las luciérnagas, contiene un poco la respiración y escucha con atención el canto de los últimos grillos.


Es el año 1975 y es un otoño protagonizado por el viento frío.

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