sábado, 24 de junio de 2017

PARA MIS AMIGAS, CON ORGULLO

Un instante se eterniza cuando estamos presentes para la experiencia, podríamos haber vivido algo fascinante sin habernos dado cuenta. 

Estamos en días del orgullo, y hay algunas voces que reniegan de las carrozas carnavalescas: "es una visibilidad que ya no hace falta", "estas locas trans no nos representan", etc. Y entonces pienso en activistas como Sylvia Rivera, quien, a pesar de sus adicciones y contradicciones, fue una guerrera cuyos exabruptos reivindicativos, fueron un condimento importante para la conquista de los derechos de los homosexuales.
Cuando la entrevistaban al final de sus días y le preguntaban por la "revolución" de Stonewall, ella decía "Yo estuve presente". También estuvo presente en la marcha del orgullo de 1973 cuando les echó la bronca a unos orgullosos “machos gays” que pretendían restar importancia a las Trans, pero fueron ellas las que empezaron el movimiento, gracias a la extravagancia de esas personas, la comunidad homosexual pudo sentirse libre en los bares y en las calles, ellas fueron las revolucionarias de las que después aquellos machos musculosos se avergonzaban.
Sylvia estuvo presente en aquel famoso discurso en Roma, donde fue encumbrada como una “madre de todos y todas” … y también estuvo presente cuando siendo una homeless fue desahuciada de su vivienda de láminas y cartón a las orillas del río Hudson, la echaron a ella, quien junto con Marsha habían hecho posible la organización STAR (Street Transvestite Action Revolutionaries), y que paradójicamente le habían podido dar casa y refugio a transexuales callejeras devastadas por las drogas y el SIDA.
Sylvia estuvo presente no solamente luchando por los derechos LGTB, también luchó por los derechos de los pobres en general y de las personas de color.
Los “Líderes gay” revisionistas buscaban aparecer más atractiva la comunidad gay para la mayoría heterosexual, Sylvia entró en conflicto con estos nuevos grupos “mainstream” porque en el fondo la lucha era más radical, más política y más a largo plazo, el resultado fue que fue marginada dentro de la comunidad gay.
“I was radical, a revolutionist. I am still a revolutionist... I am glad I was in the Stonewall riot. I remember when someone threw a Molotov cocktail, I thought, "My god, the revolution is here. THe revolution is finally here!”

Sylvia estuvo presente, estuvo presente para su vida, porque lo que eterniza al instante, es el hecho de que pudiera ser el último.

viernes, 16 de junio de 2017

CANTAR PARA DAR VIDA


Con agradecimiento para mi madre.
Mientras Edipo se convertía en un taumaturgo que curaba mediante su canto a los enfermos de la peste (a los vivos y a los muertos), también mi madre se convertía en una Aedea que dentro de una Iglesia ejecutaba un canto incesante como metáfora de la vida que había dado a sus hijos y que pretendía prolongar, avivar y cuidar.
“Mama, ¡canta! Porque si no me duermo” eso decía una prima en el sepelio de mi abuelo, y resulta que el canto de la tía no fue solo una gran sorpresa, sino también un bálsamo para los presentes, y todos descubrieron esa fuerza sanadora que el canto tiene, y tuvieron la intuición de que una fuerza curativa también habitaba en ellos.
El canto puede curar, la música puede curar y dar vida, porque a veces se convierte en una experiencia trascendente, experiencia cumbre diría Abraham Maslow, mediante la cual puedes percibir algo transpersonal en tu vida, puedes conectar con un todo, y es entonces cuando el sufrimiento deja de ser rector de tu vida, y en algunos casos incluso desaparecer.
Mi reflexión no es una invitación a la negligencia personal delante de la enfermedad y el sufrimiento personal, es un ofrecimiento a encontrar un sentido más pleno del dolor.
En mis sueños Edipo sigue ejerciendo de Chamán que cura y mi madre sigue cantando para que yo tenga vida.

jueves, 8 de junio de 2017

STEPHEN CRANE O ESCRIBIR PARA NO MORIR

La literatura ordena el caos, nos permite la expresión de la palabra, estamos acostumbrados a verla escrita, pero la literatura también ha sido cantada y expuesta mediante muchos símbolos. La mayoría hemos sido más lectores que escritores, en mi caso puedo decir que he sido un apasionado lector, temporadas más, temporadas menos. La anécdota de que me caí en una zanja o me tropezaba con la gente por ir leyendo cuando era adolescente, es un mito familiar alimentado y exacerbado por alguna anécdota real, confieso que incluso ha habido temporadas en las que la literatura (como lector) ha sido lo único que les ha dado sentido a mis pasos. Muchas veces al terminar de leer una novela me emociona al experimentar esa especie de nostalgia por estar viviendo dentro del libro unos días, y de pronto, al estar obligado a salir, constatar que el libro ha sido un desierto, un monasterio, una clausura, una ventana entre las manos; una forma de nuestro derecho al silencio.

Como muchos, he soñado con que un día aportaría algo al cuerpo escrito de la literatura, y he estado muchas veces poniéndole palabras -por ejemplo- a la lluvia, intentando decirle algo bonito, intentando tejer palabras sobre lo que anida dentro de un corazón, intentando hacer poesía, como Tranströmer, quien dice que "Un poema no es otra cosa que un sueño en la vigilia", a mí, que me gusta tanto la lluvia, digo: “la lluvia es la vigilia de la vida”. 

Un día lluvioso vi a una chica caer de una moto, lloraba sobre el asfalto, no se hizo gran daño, era como una florecilla de esas que crecen en las rendijas de los adoquines, flores urbanas de esas muchas de las que Stephen Crane se quedó con ganas de novelar, porque Stephen Crane murió joven, una flor del asfalto que murió con tan solo 28 años de tuberculosis, Crane no pudo escribir la historia del banquero enamorado del chico de quince años, y a mí me llegaron los 28 años sin sentirme escritor, muerto y sin tener ganas de morirme, “La muerte es ese lunar que crece a distinta velocidad en todos”, una vez más… Tranströmer.

Un fascinante Edmund White, nos noveló ese relato del banquero enamorado de un chico de quince años, en el libro: “Hotel de Dream”. En él, White narra los últimos días de Stephen Crane cuando enfermo de tuberculosis le dicta a su mujer un relato sobre la obsesión de un banquero por un chico de quince años en el Manhattan finisecular.

Edmund White consigue un relato conmovedor, y aun siendo ficticio – pues solo hay pequeños indicios de que Stephen Crane habló sobre ese chico alguna vez con su editor, nada más-, consigue que podamos entender el apasionamiento de Stepen Crane, su facilidad para transformar lo cotidiano de Nueva York en relatos bellísimos, para encontrar belleza incluso en personajes patéticos, tanto que pensaba titular uno de sus libros “Flores del asfalto”.

Disfruté desde la primera línea, contuve la respiración con un Stephen Crane muriendo exhausto de toser, agotado por la fiebre, aniquilado por el dolor. Estuve ansioso como su esposa preguntándome por el destino de cada uno de los personajes del relato “Del chico pintado”, pues es otra de las virtudes de este libro, de alguna manera introduce a los escritores imberbes en la belleza y dificultad del proceso creativo.

Uno escribe para ordenar el caos, o quizás uno escribe porque cede y se pone al servicio de las palabras, aunque un día leí por allí que uno escribe para que le quieran más sus amigos.