lunes, 20 de septiembre de 2010

Los cuentos (1 INTERLOCUTOR)


Nos encontramos en la rambla del raval, me saludó efusivamente, yo correspondí con una mueca, me hizo la pregunta que no tiene respuesta –al menos sincera y completa- ¿qué tal todo?.

El sudor se convirtió de repente en un enemigo implacable, tuve que hacer muchos esfuerzos para no quitarme la camisa, coger el triste mantel de la mesa y secarme la frente, y sobre todo la espalda, lo más insoportable del sudor es esa terrible gota que te hace sentir vulnerable, y eso que es tan suave.

Le miraba fijamente y le explicaba de manera pausada pero convincente, detalles de mi relación, con ella, había sido capaz de transgredir la frivolidad de la fisiología, cada roce de nuestras manos tenía un toque trascendente, incluso los gemidos por muy animalescos que parecían, para nosotros tenían una semántica afectiva, le explicaba todo aquello mientras él manifestaba una atención que nadie me había prestado, de hecho unas horas antes había estado tomando "algo" con un grupo de amigos, y pude haberme evaporado, levantado de la silla, suicidado... ellos hubieran seguido hablando de su mundo sofisticado, les dije “me voy”, y me despidieron, pero no se enteraron.

Esse es percipere, Berkeley encarnado en mi interlocutor, devolviéndome el ser con su atención, con su percepción, y aunque nuestros pensamientos discurrían por rieles diferentes le agradecía que me escuchara. Yo le explicaba que lo que estaba viviendo con mi pareja, ciertamente rompía todos los convencionalismos sociales, pero que ese hecho no era el importante, que lo importante era que nos amábamos, él a todo decía “que guay”, también le pude haber hecho una reflexión profunda sobre la paradoja de la mezcla de felicidad y soledad después del orgasmo, él seguiría diciendo: "que rico", "que guay"...

Yo hablaba pausadamente, serenamente, mi discurso pretendía ser un mar, de esos que en la superficie son tan tranquilos, que el mismo viento tiene temor de rasgar su armonía, y que sin embargo debajo de esa superficie de cristal hay fuerza, peligro, pasión, vida...

"Que rico", volvió a repetir cuando cedí a su anhelo de explicarle alguna intimidad fisiológica de mis encuentros sexuales. En su mirada y su entusiasmo, percibía que me admiraba, yo era el Prometeo que se había atrevido a robar el fuego del placer.

Pedimos la cuenta, nos despedimos con la frase que no tiene agenda: “ya nos llamaremos” él se internó por el callejón de la Aurora, yo me fui esfumando en el bochorno veraniego caminando hacia abajo por la rambla del raval, caminaba despacio, sudaba...

FOTO: Calle Aurora de David Solans

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