martes, 1 de marzo de 2016

UN DOMINGO CON LOUIS VUITTON

Me senté en la única mesa que estaba libre en aquella terraza, curiosamente en esa tarde había una persona por mesa, seguramente un trozo del mundo es así, personajes solitarios que intentan sobrevivir con dignidad a los domingos.
Pedí una cerveza sin alcohol, que tengo ochenta años y de vez en cuando debo hacer un gesto contrito de bondad, al escuchar mi petición la camarera no acertaba cual actitud asumir: compasión, benevolencia, repulsa, afecto fingido...
Supongo que el espectáculo de una luz primaveral en un mar todavía invernal era el motivo de aquel silencio, de aquella introspección de todos los ocupantes de la terraza... o quizás simplemente intentaban sobrevivir en silencio -como cualquier ser humano- a lo sórdido de un domingo.
Una mujer llamó mi atención poderosamente, se acercó con pasos tan firmes que los presentes nos dimos cuenta que se sentía dueña del suelo que pisaba, se sentó majestuosamente, dejó su maleta al costado, una maleta que era de la misma marca que su pañuelo, su bolso y sus gafas de sol... seguramente ella sobrevivía mejor al absurdo dominical: “tengo una marca, luego existo”.

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