martes, 6 de septiembre de 2016

LAS CUATRO ESTACIONES

 


En el circuito de la vida orgánica hay primavera, verano, otoño e invierno; es fascinante constatar que todos los aspectos de la vida y todo tipo de relación generalmente pasa por este circuito. El conjunto de nuestra vida está marcado por ese origen efervescente y primaveral; por el verano en su máxima pasión y plenitud; por el otoño con la recolección de los frutos de nuestra vida y por el invierno en el cual nos preparamos a consciencia para volver a la tierra y permitir que otra cosa surja a partir de nuestra culminación. Cada estación tiene su sentido, es importante estar en consonancia con la estación que nos toca vivir.
Las cuatro estaciones también pueden ser aplicadas a trozos y aspectos de nuestra vida: nuestro trabajo, nuestra pareja, nuestras amistades, nuestros proyectos, etc.
Alguien que se acaba de enamorar, está en la primavera de su relación, llegará la plenitud, la serenidad y la culminación... a menos que vengan otras primaveras. Una persona que se acaba de casar está en la primavera de su vida matrimonial, llegará el verano con su epifanía en forma de proyectos o hijos, los hijos por un lado son el verano del ciclo completo de su relación matrimonial, y al mismo tiempo, la primavera de un trozo de su relación sentimental, pues nuestras relaciones con las personas tienen un ciclo en general y varios ciclos intermedios. Una pareja que tiene hijos, que los ven crecer y quizás luego marcharse de casa, entrarán al otoño y al invierno, pero la vida les ofrecerá experiencias, algunas sutiles y otras intensas por ejemplo los nietos que les permitirá experimentar nuevas primaveras esplendiendo en ocaso.
Nuestro trabajo, también tiene su primavera, su verano, su otoño y debemos ser capaces de estar atentos al invierno laboral, solamente otras primaveras permitirán que permanezcamos entusiasmados con nuestro trabajo: un proyecto nuevo, una movilidad, un aumento salarial, etc. de lo contrario, hay que plantearse un cambio en la manera como nos relacionamos con nuestro trabajo, o quizás debamos ser valientes, abandonar la zona de confort y buscar un nuevo trabajo.

Nuestra relación con la ciudad en la que vivimos también está marcada por el circuito de la vida orgánica, debemos ser capaces de percibir en que momento vital estamos respecto de la ciudad que nos da un sitio para vivir, y si es necesario provocar una primavera, de lo contrario estaremos viviendo un largo y sórdido invierno.
Las cuatro estaciones permean todo lo que hay sobre la tierra, incluso una fiesta tiene sus cuatro estaciones. Hay a quien le gusta participar sólo del verano festivo, no les gusta construir la fiesta, ni recoger lo que quedó… acabarán excluidos de la “fiesta”. En la fiesta de la primavera y el verano, es decir en la juventud, tienes decenas de vinos para elegir, y a veces no tienes el gusto entrenado; en el otoño, es decir en la madurez, tienes pocas botellas que valoras y disfrutas en pequeños sorbos; en el invierno aprendes a tomar y darle sitio a lo que no ha podido ser, a lo que ha quedado fuera, y eso también tiene su belleza y sentido.
La metáfora de las cuatro estaciones, nos permite relativizar todo, todo es un continuum, nada está desconectado. Es una cura para el narcicismo y para la insignificancia al mismo tiempo, somos lo que fuimos y somos lo que seremos. La rueda del tiempo es la protagonista, la vida es la protagonista, y como dice Blanca Varela: “La vida es una noticia conmovedora”, conmovedora en ilusión de la primavera, en la pasión del verano, en la riqueza del otoño y en la sabiduría del invierno.
Es momento de reflexionar en que estación de la vida te encuentras respecto de tu trabajo, de tus relaciones, de la ciudad en que vives, etc.

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