jueves, 10 de diciembre de 2015

NEUROSIS DE CLASE Y REALIZACIÓN PERSONAL

Vincent de Gaulejac acuñó el término “Neurosis de clase” en los años ochenta, una época en la que la sociología aún tenía oportunidad de mirar con cierta nitidez los conflictos de identidad que suponía pertenecer a un grupo humano de una escala social y luego pertenecer a otra: “Todo individuo que cambia de clase social vive un conflicto entre su identidad heredada (identidad de origen que le confiere su medio familiar) y su identidad adquirida (la que va construyendo en el transcurso de su trayectoria)”. Sin embargo en nuestros días no es el caso, estamos en una sociedad fragmentada, -Zigmunt Baumann habla de la sociedad líquida-, pero eso no significa que no haya más clases sociales, pero sí que no son tan identificables como antes lo eran.

De alguna manera los anhelos conscientes e inconscientes de la sociedad (representada muchas veces en los padres) respecto de los individuos (hijos) son una movilidad social ascendente, que hace pocas décadas tenían unas metáforas más o menos claras: obtener un grado académico, estabilidad laboral, reproducción del modelo social, etc. Esto estaba más marcado hace pocas décadas, hoy piden algo más “simple”, pero TERRIBLE: SER FELICES. El problema es que todo mundo sabe como obtener una carrera y como gestionar el fracaso en caso de no obtenerla, pero nadie sabe como “Ser feliz” y tampoco sabe la gestión del NO-SERLO.

En nuestros días vivimos la ideología (tiranía) de la realización personal: “La realización de sí mismo, es un fenómeno nuevo, masivo. Las generaciones de burgueses anteriores a los 60 tenían como proyecto parental para los hombres que debían ser abogados, ingenieros o médicos. Para las mujeres, casarse con un abogado, ingeniero o médico. En las clases populares no había proyecto parental más que aceptar la condición de obrero o campesino o bien tener la esperanza de que, a través del estudio, uno podía acceder a un estatus social un poco menos duro, con un salario mensual, llegar a ser empleado de oficina, con un trabajo estable, sin tener que estar expuesto a las inclemencias del clima. La identidad estaba muy determinada por la reproducción de las relaciones sociales. Hoy, cuando uno les pregunta a los padres sobre cuál es el proyecto parental respecto de sus hijos, dicen que esperan que haga lo que quieren y lo importante es que él o ella sea feliz. Lo que sucede es que en el ejemplo anterior los padres sabían cómo uno se convierte en abogado, ingeniero, médico; mientras que hoy los padres no saben cómo se hace para ser feliz. En un contexto en el que la cultura del alto rendimiento, la excelencia no pasa sólo por la familia, sino por los medios de comunicación, nos arrastra a la idea de que para tener éxito en la vida hay que poder realizarse, desarrollarse como las estrellas, los campeones de fútbol, las personas que tuvieron éxito. 

Hay una especie de demanda, muy individualista y narcisista, que dice que para ser reconocido hay que ser emprendedor de su propia vida. La idea imperante es que a los que les va bien es porque tienen talento. Por el contrario, a los que les va mal es porque no supieron realizarse, no supieron desarrollar su capital humano. Para la ideología de gestión, con la que se manejan las empresas, el yo de cada individuo se convirtió en una especie de capital que hay que hacer crecer. Eso es una ideología individualista, capitalista, que se va internalizando con la idea de que hay que ser rendidor en la escuela para llegar a los mejores lugares en las empresas de mayor rentabilidad y las mejores posiciones. Esa es la lucha por los lugares y eso es lo que moviliza a los individuos, y lo hace caer en una trampa, que es la igualdad de oportunidades: la idea de que es el talento el determinante esencial de la existencia humana".
Hay dos posiciones para sobrevivir a tal tiranía: Las reacciones defensivas y los mecanismos de liberación. En la primera las personas aprendemos a sobrevivir en este capitalismo salvaje, nos ponemos a codazos a luchar por un lugar en la cultura del éxito y del rendimiento, intentamos vivir lo mejor posible, muchas veces sin hacer lo que nos gusta y cuando ya no estamos a la altura de las exigencias de la cultura del éxito, viene el desmoronamiento y la depresión.

Los mecanismos de liberación tienen muchas caras: delegar en algo colectivo la responsabilidad individual, por ejemplo un grupo religioso, un partido político, etc. pero también tenemos la oportunidad de ejercer pequeños estrategias de liberación respecto de la tiranía de la realización personal y del “éxito”. Es innegable que ya estamos sumergidos en esta cultura que nos obliga a encontrar un sitio y luchar por él, y que muchas veces las opciones radicales como sería abdicar de la integración social formando por ejemplo una comuna requiere una audacia condimentada con sabiduría, y que muchos que lo han intentado han naufragado en el intento.
Las estrategias de liberación individuales como sería tener un trabajo menos remunerado pero que se compensa porque tiene mayor sentido, participar de una economía más social, dar más tiempo a la cultura para cada vez darle más peso al SER que al TENER, dejar de mirar tanto lo personal para interesarse por la manera de colaborar con otros seres humanos (Solidaridad), etc. solo son posibles si hay un soporte social, cultural e incluso económico: no puedes ser solidario si no tienes tu lo mínimo que necesitas para cuidarte, de allí que el asunto de encontrar el SENTIDO DE LA EXISTENCIA es en el fondo un problema POLÍTICO, la psicología puede ayudar al individuo a gestionar el sentido de su existencia respecto de la realidad social donde le toca vivir; la sociología clínica le ayudará a integrar de la manera más compensada posible los grupos sociales de los que proviene y a los que se ha integrado, pero sólo la política hará posible que la sociedad tenga medios suficientes para superar el vacío que puede suponer la derrota ante la cultura de la realización de si mismo.

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