Cuando
éramos niños, mi padre puso una televisión en el patio de nuestra casa,
funcionaba con una batería de coche, no había electricidad, tengo
recuerdos muy agradables de ver el patio lleno de personas alrededor de
aquel pequeño televisor. Aquellos pobres del semidesierto Zacatecano, vivían intensamente los dramas del culebrón "Los ricos también lloran".
Aquellos coetáneos míos, no sabían que cosa era el "Socialismo", así que no pudieron entrar en problemas dialécticos e ideológicos si se hubieran enterado que la Unión Soviética se paralizaba entera para que sus habitantes pudieran ver esa telenovela mexicana. La gente de Moscú tampoco sabía que en México había un gobierno que no era de izquierda, ni de derechas, sino todo lo contrario; pues gobernaba un partido político que en un sexenio era liberal y en el otro francamente proteccionista; pero era un gobierno "social" en la práctica pues educación, alimentación y salud, estaban garantizadas para cualquier mexicano. Puedo decir que este niño del semidesierto que alguna vez fui, pudo estudiar y convertirse en médico gracias a ese partido dictatorial y un tanto corrupto que sin embargo tenía unas políticas sociales muy sólidas.
Hace muchos años de "Los ricos también lloran", desde aquella época sabemos que "Los pobres lloran más".
Mi padre les puso la televisión en el patio de su casa a las personas de "San José de Llanetes" en el municipio de Valparaíso, estado de Zacatecas y en la actualidad, en algún verano, yo abro el patio de mi casa para ver “Cinema a la fresca”. Una lealtad con mi padre, un fatalismo de persistencia.
miércoles, 3 de febrero de 2016
lunes, 25 de enero de 2016
EN MOSCÚ, LOS RICOS TAMBIÉN LLORAN
Tengo
una reciente amistad con un filólogo, él es ruso y su especialidad es
el castellano, cuando le conocí le espeté “Moscú no cree en las
lágrimas”, me contestó “Pero en Moscú, los ricos también lloran”, y de
esta manera ambos evitamos el acercamiento lejos de los tópicos sobre
Rusia o sobre México, y al ser ambos de provincia hemos tenido la
oportunidad de enterarnos de cosas diferentes de nuestros países, cosas
que ocurren fuera de los reflectores que apuntan a Moscú o ciudad de
México.
Hemos
hablado de literatura rusa, pero también de culebrones mexicanos, pues
no debemos olvidar que Rusia se paralizaba con la transmisión de “Los
ricos también lloran”, y así como los culebrones catalanes me ayudaron a
mi a aprender el catalán de la calle, a él le han ayudado las series
Españolas y los culebrones mexicanos.
Toda
reflexión en torno a las cuestiones literarias es para mi punitiva y
liberadora al mismo tiempo. Recientemente una entrañable amiga me decía
tímidamente “últimamente escribes más de lo que lees”, cuando justamente
tengo la sensación de que ¡Ya debería publicar algo!, pues coincido con
Kureishi “Nunca te encontrarás a ti mismo en un libro a menos que lo
escribas tu”.
Sin
duda el proceso creativo se acelera cuando un hombre entra en crisis,
porque cualquier hombre en un momento de crisis recurre a lo que mejor
conoce, el homicida al homicidio, el ladrón al latrocinio, el mentiroso a
la mentira, el escritor a la escritura. Y junto con mi amigo Ruso,
recordamos como Agobiado por sus deudas, Fyodor Dostoyevsky se
comprometió a escribir “El jugador” en poco tiempo, para ello pidió
ayuda a la joven taquígrafa Anna Grigórievna Snítkina, consiguió dos
cosas, escribir la obra en 26 días y al mismo tiempo conseguir mujer,
pues ella se quedó a vivir con él.
Quizás debería firmar un contrato y ponerme a escribir algo.
miércoles, 20 de enero de 2016
¿Qué pasa cuando no pasa nada?
La
naturaleza es una fuente inagotable de metáforas para que no nos tomemos
nuestra vida demasiado en serio y, paradójicamente para no perder nunca la
esperanza.
La naturaleza puede extinguir la vida con una facilidad asombrosa: solo le basta un huracán, una sequía, un terremoto, etc. y por otro lado permite una epifanía vital prodigiosa: así vemos renacer las plantas en la primavera, nos maravillamos con la lucha que cada ser vivo sostiene para crecer, para reproducirse, para sobrevivir... el mundo vegetal y animal es una diáspora de cómo la naturaleza permite la efervescencia de la vida.
Si fuéramos conscientes de ello, seríamos capaces de mirar con respeto –y quizás en silencio- aquellos periodos en los que parece que no pasa nada en nuestra vida, y no confundir esa “hibernación” vital con el absurdo.
Los seres humanos nos esforzamos explícita o tácitamente por darle un sentido a nuestra vida, y no siempre es posible, nuestra vida está impregnada de acciones absurdas, intereses sin sentido, tiempos muertos, algunas relaciones estúpidas, etc.
En mi barrio hay un chico que camina con un cierto desatino cada día, con pasos presurosos, en cualquier época del año viste un pantalón corto muy ajustado, una chaqueta, una gorra y una mirada perdida, gracias a su monomanía sin sentido, muchos de los que al verlo se burlan, pueden sobrellevar sus propias actividades absurdas, sus propios ratos vitales sin sentido.
Hablo de él porque no puedo hablar de muchas cosas absurdas de las que me entero cada día, de muchas preocupaciones inútiles, del narcisismo que nos obliga a mirarnos constantemente el ombligo, de la arrogancia pueril que no tolera el mínimo de frustración, del insoportable y aburrido sopor que amenaza nuestra vida cuando parece que no pasa nada.
En realidad quería reflexionar sobre la vida, sobre las desgracias, sobre la festividad de pertenecer a los vivos, y que al mismo tiempo seamos testigos de las calamidades.
También quería centrarme, estar lúcido y lo más vivo posible, intentaba saber cómo se combina el milagro de la vida con la realidad del absurdo, porque a veces parece que en nuestra vida “no pasa nada” y en realidad podría estar ocurriendo algo similar a lo que ocurre en la naturaleza: un tubérculo escondido en el subsuelo sorprenderá con una bella flor, o una tierra embravecida nos dará un baile mortal.
La naturaleza puede extinguir la vida con una facilidad asombrosa: solo le basta un huracán, una sequía, un terremoto, etc. y por otro lado permite una epifanía vital prodigiosa: así vemos renacer las plantas en la primavera, nos maravillamos con la lucha que cada ser vivo sostiene para crecer, para reproducirse, para sobrevivir... el mundo vegetal y animal es una diáspora de cómo la naturaleza permite la efervescencia de la vida.
Si fuéramos conscientes de ello, seríamos capaces de mirar con respeto –y quizás en silencio- aquellos periodos en los que parece que no pasa nada en nuestra vida, y no confundir esa “hibernación” vital con el absurdo.
Los seres humanos nos esforzamos explícita o tácitamente por darle un sentido a nuestra vida, y no siempre es posible, nuestra vida está impregnada de acciones absurdas, intereses sin sentido, tiempos muertos, algunas relaciones estúpidas, etc.
En mi barrio hay un chico que camina con un cierto desatino cada día, con pasos presurosos, en cualquier época del año viste un pantalón corto muy ajustado, una chaqueta, una gorra y una mirada perdida, gracias a su monomanía sin sentido, muchos de los que al verlo se burlan, pueden sobrellevar sus propias actividades absurdas, sus propios ratos vitales sin sentido.
Hablo de él porque no puedo hablar de muchas cosas absurdas de las que me entero cada día, de muchas preocupaciones inútiles, del narcisismo que nos obliga a mirarnos constantemente el ombligo, de la arrogancia pueril que no tolera el mínimo de frustración, del insoportable y aburrido sopor que amenaza nuestra vida cuando parece que no pasa nada.
En realidad quería reflexionar sobre la vida, sobre las desgracias, sobre la festividad de pertenecer a los vivos, y que al mismo tiempo seamos testigos de las calamidades.
También quería centrarme, estar lúcido y lo más vivo posible, intentaba saber cómo se combina el milagro de la vida con la realidad del absurdo, porque a veces parece que en nuestra vida “no pasa nada” y en realidad podría estar ocurriendo algo similar a lo que ocurre en la naturaleza: un tubérculo escondido en el subsuelo sorprenderá con una bella flor, o una tierra embravecida nos dará un baile mortal.
viernes, 15 de enero de 2016
jueves, 14 de enero de 2016
RELATOS BREVES
Tengo
especial predilección por los escritores que escriben cosas breves y
contundentes: Augusto Monterroso, Kjell Askildsen, Antón Chéjov,
Richard Ford, Leonard Michaels etc. mi favorito es Juan Rulfo siempre
está en mi mesita de noche, con su obra tan breve, con un lenguaje que
tiende más al silencio que a la palabra. Releer sus cuentos es volver a
experimentar el polvo de la llanura, la soledad de los pueblos
abandonados, los monólogos descarnados de sus personajes que no esperan
ser escuchados y que están condenados a repetirse ante la misma
indiferencia. Un discurso narrativo que se construye alrededor del
soliloquio de personajes anónimos, sin nombre y sin tiempo, que
contemplan estáticos y sin afectación la lucha del hombre con su
destino inminente: la fatalidad.
“La gente allí no habla de nada” Juan Rulfo
“La gente allí no habla de nada” Juan Rulfo
FOTO: "Zapato Zacatecano" de Pedro Valtierra
lunes, 11 de enero de 2016
INVIERNO EN ZACATECAS (Invierno en Comala)
Raskolnikov besa
de manera reverencial el pie de Sonia la joven prostituta, mientras le dice
“Estoy besando al sufrimiento de este mundo”, leo este trozo de “Crimen y
Castigo”, dejo caer la cabeza en el respaldo del estrecho asiento, del pequeño
avión de la efímera vida… a través de la ventanilla una imagen intensa disipa
la nebulosa de mis pensamientos, aparece un sol arrebolado que sangra, que hace
fuego en medio de unas nubes pertinaces; es el ojo de una erupción volcánica
derramándose con convicción y con nostalgia, mientras, detrás de la ventanilla,
en el respaldo del estrecho asiento, del pequeño avión, esta efímera vida
percibe la fragilidad: estoy en el aire en este diminuto avión atravesando un
cielo cruel, pájaro perfecto que busca una tierra colorada para aposentar sus
garras, con la misma avidez que un pobre busca despojarse de la indigencia.
A veces en el invierno, la desértica ciudad de Zacatecas se humedece, un capricho que interpreto como una ternura climatológica, y cuando se pone así, las luces rutilantes se desmoronan con desparpajo sobre la piedra rosada, mientras el domingo se arrastra y agoniza por las calles, entonces pienso que el veneno de la soledad ataca los domingos por igual a cualquier ser humano de cualquier sitio, hay un cerro con un imponente crestón llamado “El cerro de la bufa” que es como un centinela que resguarda la ciudad: aparece y desaparece tras una veleidosa bruma que horada los recuerdos: hubo un tiempo que esta altísima ciudad del desierto, se despertaba cubierta de un vaho frío, que me hacía caminar cabizbajo contraído debajo de la chaqueta, presuroso y acompasado por las tristes campanas de la catedral: había que llegar a la escuela.
Aquel domingo que estaba en Zacatecas y que escribí esto, tenía en mis manos un bellísimo álbum de fotos titulado “A los que se quedan”, una selección de fotos de la Película homónima de Juan Carlos Rulfo, una elegía a millones de familias que tienen “hijos” en el extranjero, un homenaje a los que conscientemente han asentido al destino enraizando sus pies y sus sueños a estas agrestes tierras.
“Vine a Zacatecas porque me dijeron que acá vivía mi padre un tal Pedro Páramo”, y la confusión que habita mi obstinada cabeza que confunde la vida y la literatura, se agranda con los cantos navideños surrealistas mientras miro que una humilde familia venera y canta a dos niños Jesús recién nacidos, una figurita por cada hijo, dos vírgenes Marías, dos San José, y seis reyes magos, un belén lleno de errores teológicos y pleno de aciertos amorosos. Ese belén – nacimiento es la excusa para una suculenta cena seguida de una partida de naipes con tahúres que no rebasan los 12 años y que apuestan sus paga dominical de 3 pesos.
A veces en el invierno, la desértica ciudad de Zacatecas se humedece, un capricho que interpreto como una ternura climatológica, y cuando se pone así, las luces rutilantes se desmoronan con desparpajo sobre la piedra rosada, mientras el domingo se arrastra y agoniza por las calles, entonces pienso que el veneno de la soledad ataca los domingos por igual a cualquier ser humano de cualquier sitio, hay un cerro con un imponente crestón llamado “El cerro de la bufa” que es como un centinela que resguarda la ciudad: aparece y desaparece tras una veleidosa bruma que horada los recuerdos: hubo un tiempo que esta altísima ciudad del desierto, se despertaba cubierta de un vaho frío, que me hacía caminar cabizbajo contraído debajo de la chaqueta, presuroso y acompasado por las tristes campanas de la catedral: había que llegar a la escuela.
Aquel domingo que estaba en Zacatecas y que escribí esto, tenía en mis manos un bellísimo álbum de fotos titulado “A los que se quedan”, una selección de fotos de la Película homónima de Juan Carlos Rulfo, una elegía a millones de familias que tienen “hijos” en el extranjero, un homenaje a los que conscientemente han asentido al destino enraizando sus pies y sus sueños a estas agrestes tierras.
“Vine a Zacatecas porque me dijeron que acá vivía mi padre un tal Pedro Páramo”, y la confusión que habita mi obstinada cabeza que confunde la vida y la literatura, se agranda con los cantos navideños surrealistas mientras miro que una humilde familia venera y canta a dos niños Jesús recién nacidos, una figurita por cada hijo, dos vírgenes Marías, dos San José, y seis reyes magos, un belén lleno de errores teológicos y pleno de aciertos amorosos. Ese belén – nacimiento es la excusa para una suculenta cena seguida de una partida de naipes con tahúres que no rebasan los 12 años y que apuestan sus paga dominical de 3 pesos.
La noche pertenece a los fantasmas, a las leyendas, a los relatos que escuchamos de los ancestros, a los ojos invisibles de todos aquellos que han habitado, amado y sufrido esta tierra.
Cuando el sol sale evapora todos los fantasmas, los rayos se aposentan
diametralmente opuestos a los aguijones de los cactus; los susurros sobre los
estatus civiles: los que han nacido, los que se han casado y los que han
muerto; sustituyen a los murmullos de la noche, a los rezos tristes que se cuelgan a las túnicas confeccionadas por el viento para sus queridos muertos; las preocupaciones diurnas se imponen a los pesarosos cantos nocturnos que al amanecer se encaraman a los milenarios cerros; allí reposarán
en forma de brisa, y mientras dure el sol Zacatecas no será Comala, será
simplemente Macondo.
Llegar a
Zacatecas sin maleta es el epitome de que muchas veces al cuerpo le falta el
alma, o al alma le falta el cuerpo.
lunes, 4 de enero de 2016
FÍSICA Y MÍSTICA
Ha un tiempo que reflexiono sobre un modelo antropológico para la medicina
del siglo XXI, para ello es necesario conocer los nuevos paradigmas de
la ciencia,mediante los cuales comprendemos que la vida no se reduce a las
leyes de la cantidad y la medida. Me ha sorprendido mucho constatar que los
místicos tienen la misma visión de la realidad que los físicos actuales. Según
la física contemporánea, el mundo material no es un sistema mecánico formado por
objetos separados, sino más bien aparece como una compleja red de
relaciones. He aquí algunos ejemplos:
Werner Heisenber (Físico): “Es así que el mundo aparece como un complejo
tejido de sucesos, donde se alternan, sobreponen o combinan conexiones de
diversos tipos, determinando así la textura del todo”.
Sri Aurobindo (Mìstico): “El objeto material se transforma… en algo
diferente de lo que ahora vemos, no un objeto separado de un fondo o rodeado del
resto de la naturaleza, sino una parte indivisible, e incluso en forma sutil,
una expresión de la unidad de todo lo que vemos".
Henry Stapp (Físico): “Una partícula elemental no es una entidad no
analizable con existencia independiente. En esencia, es un conjunto de
relaciones que se extienden a otras cosas”.
Nagarjuna, fundador de la escuela budista madhyamika: “Las cosas obtienen
su ser y naturaleza por dependencia mutua: por si solas no son nada”
Lisa Randall (Física): "La ciencia no es una religión, y no seremos capaces
de dar respuesta a los ¿Porqué? de muchas cosas, pero cuando juntamos todo lo
que sabemos sobre el universo, todo se ajusta sorprendentemente bien".
Ramón Andrés (Humanista): "El misticismo Español del siglo XVI está más en
consonancia con el modelo antropológico contemporáneo que con el pensamiento
racional predominante, de tal manera que la angustia, el amor, la tentación, la
muerte, la seducción, la debilidad, la contradicción, el miedo, etc. Ya no son
interpretados como una *accidentalidad psicológica* sino un camino de
exploración que se adentra en el psiquismo más complejo, auténtico y dramático
del ser, porque la vida humana no puede reducirse a aspectos analizables,
cuantificables ni “matematizables”. Nuestro interior dista de la unificación, no
somos ni puro éxtasis ni pura razón ni pura animalidad, sino una multiplicidad
de nieles, somos división, somos un cúmulo de dimensiones.
UNA FRASE QUE NO VIENE A CUENTO, PERO LA INCLUYO PORQUE LA DICE UNA FÍSICA
INTELIGENTE Y GUAPA
"La belleza no es garantía de nada, pero anima a continuar investigando"
Lisa Randall
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