lunes, 25 de enero de 2010

LOS TRENES


Los escuché discutiendo mientras esperaba el tren, no pareció importarles mucho que yo me diera cuenta, hablaban claramente pero sin estridencias, la de las quejas alargaba las ultimas palabras de sus frases, arrastrándolas con un ligero tono de impaciencia, reproche y resignación, el varón simplemente decía, “yo no soy perfecto”mientras su mirada se clavaba en los nostálgicos vagones abandonados de la estación de tren.

Cuarenta minutos de espera dieron bastante de sí para que pudiera percibir lo anecdótico del contenido de su discusión, lo que se percibía en el fondo era una insatisfacción con el hecho de estar juntos, no les faltaron los clásicos “tu no me escuchas cuando te hablo”, “parece que te importan más otras cosas que yo”, “yo simplemente quiero que me quieras, no más”, etc. no eran lo que esperaban uno de otro, nunca les dijeron que el enamoramiento es un malentendido que dura lo que tarda en aclararse, y seguramente ahora se harían mucho daño para poder justificar la retirada.
Los vi subir al tren envueltos en una nube de sueños rotos....

En ese mismo tren me encontré a otra pareja que tienen tres niños, un año hacía que no los veía, ambos habían adelgazado, a sus 36 años ella dejó de teñirse los cabellos y estaban ahora matizados por sendos mechones grises, que aunados a su mirada azul, a su sonrisa firme y lo armonioso de su semblante le daban un aire majestuoso. Él se había cortado la barba, su ropa deportiva y su gorra calada al modo que la visten los adolescentes, le daban un aire divertido y atractivo. “Se os ve muy contentos”, -dije- “estamos de novios” –contestaron-... (y supuse que los beneficiarios de esa felicidad eran sus tres niños).

En estos días utilizo mucho los trenes.

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