viernes, 22 de enero de 2010

LAS PALABRAS

Me gano la vida buscando palabras, interpreto lo que mi interlocutor dice verbalmente, con sus silencios y con sus gestos. Las personas acuden con erudición respecto de su sufrimiento y explican férreamente lo que les sucede convencidos de que las cosas “son como ellos las explican”, procuro insistir en el hecho de que poco a poco nos tenemos que convertir en expertos en soluciones y no expertoes en problemas, que los mitos se sostienen a base de conversaciones, que repetir una y otra vez los argumentos acerca de sus sufrimientos no ayuda en nada... y sobre todo me esfuerzo porque abandonen la pereza intelectual.

Si a una persona que sufre le preguntas como se encuentra y te responde con un rotundo y categórico “fatal”, sin duda su histrionismo queda magnificado, su anhelo de seducción mediante su dolor adquiere tintes dramáticos, etc. pero no aporta nada a la solución. Cuando alguien es capaz de esforzarse en explicar sus sentimientos y elude las palabras fáciles –e histriónicas a un tiempo- como “fatal”, “terrible”, “muy mal”, etc, y además es capaz de explicarte en metáforas a que se parece lo que siente entonces la solución aparecerá con mayor facilidad.

No hace falta ser extremadamente culto para encontrar palabras que reflejen el sufrimiento, cuando aún era un médico bisoño una humilde campesina que sufría de un mal crónico y le pregunté qué era lo que la hacía más sufrir, me contestó “mire doctor, cuando mi hombre hace uso de mi, siento como si mi corazón nadara en chile y me da tanta rabia que me dan ganas de arrancarle la cabeza, pero me tengo que aguantar”. Sensaciones a flor de piel que como médico me daban la clave para encontrar palabras y medicamentos que le ayudaran mejor.

Me gustan las palabras, me gustan los adjetivos, me llena de placer ganarme la vida explorando las sutilezas del lenguaje que permiten a mis pacientes definir sus sufrimientos, y aún más, buscar juntos la analogía lingüística que la naturaleza tiene respecto del hombre, es decir buscar un medicamento allí donde la naturaleza está cantando y “diciendo algo”.

Sin duda la semilla de toda esta actividad se inició en aquellos largos interrogatorios a los que siendo un niño sometía a mi padre, un  profesor rural que a su manera también sabía ponerle palabras a los asuntos humanos.

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